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    3/7/2006

    Llamez-moi

     

    Aún quedaba más de una hora para amanecer, pero Claire apretó el paso hasta correr. No quería llegar tarde a casa. El cielo estaba encapotado y lloviznaba. Las desiertas calles de París devolvían el eco de sus pisadas. A punto de perder el resuello, se refugió en un portal a descansar y mientras su pecho subía y bajaba con rapidez, recuperando el aliento, recordó las últimas horas.

     

    Hacía ya más de un mes que le había visto por primera vez. Era una noche de jueves y coincidieron en un pequeño café-concierto de Montmartre. Claire paseaba la mirada por el local, aburrida, esperando a una amiga que, para variar, llegaba tarde. Entonces su mirada se cruzó con la de un desconocido. Fue cuestión de un segundo, quizá dos, pero tan intensos que sintió una descarga eléctrica recorriendo su espina dorsal y se sonrojó como nunca le había ocurrido. Pasaron la noche jugando a ignorarse, a parecer ocupados y entretenidos, pero ambos sabían que estaban constantemente pendientes de los movimientos del otro. El azar quiso que unos días más tarde volvieran a verse en una cafetería. De nuevo, ambos hicieron todo lo posible para ver sin ser vistos, consiguiendo ser aún más conscientes de su presencia. Comenzaron una rutina pactada sin palabras. Todas las noches ella iba a esa cafetería a leer, a estudiar o a tomar algo con sus amigas. Todas las noches, él se sentaba al otro lado del local, solo o acompañado, fingiendo que no la veía y deseando tener una excusa para acercarse.

     

    Por fin, había ocurrido esa noche. Era más tarde de lo habitual y Claire, intranquila, había releído unas 10 veces la misma página del libro sin haber entendido ni una sola palabra, centrando toda su atención en la campanilla de la puerta. Cuando estaba a punto de darse por vencida, escuchó una voz a su espalda. Era él. El local estaba a rebosar y le pedía permiso para compartir la mesa. Luchando con todas sus fuerzas contra su timidez, ella había conseguido contestar afirmativamente en un tono casi indiferente y se sumergió de nuevo en el libro. Como era de esperar, antes de media hora ambos habían abandonado sus respectivas lecturas y estaban charlando animadamente. Los cafés dieron paso al vino, y cuando el local cerró y casi literalmente les echaron, se dirigieron a una discoteca cercana. El volumen de la música les impedía conversar, y había tanta gente que tenían que bailar muy cerca el uno del otro. Claire se concentró en el olor de la colonia de él, en sus movimientos, en el roce de su cuerpo. Entonces le miró y descubrió que sus ojos estaban llenos de deseo. El tiempo que tardaron en recorrer los escasos 10 centímetros que separaban sus caras se le hizo eterno y por fin, la besó. No era la primera vez que la besaban, pero nunca había sentido una sensación como aquella, tan agradable y tan apremiante, mientras él la estrechaba entre sus brazos y acariciaba su espalda. En ese momento, supo que no podrían volver a separarse jamás.

     

    Salieron del local de la mano, sin hablar, y él la condujo a través de varias callejuelas hasta un edificio que había pasado mejores momentos. Subieron las escaleras corriendo, las 4 plantas, y entraron en el piso de él. Era una pequeña buhardilla, muy acogedora. La lluvia golpeaba los cristales rítmicamente. Se quedaron quietos, sin apartar la mirada. Fue ella la que se acercó y, con suavidad, comenzó a desnudarle, guiándole después para que él hiciera lo mismo con ella. Cada roce les producía escalofríos, el aliento les quemaba la piel. Ella se apretó contra él, sintiendo la necesidad de él contra su entrepierna. Entonces la levantó en brazos y la llevó a la cama. Hicieron el amor con prisa, con ansia, con avidez. El orgasmo les pilló a ambos casi por sorpresa y la sensación les transportó en el tiempo y en el espacio, en perfecta sincronía. Se quedaron quietos, abrazados, y la respiración acompasada de él reveló que se había quedado dormido. Ella esperó el tiempo suficiente para que el sueño se hiciera profundo y entonces, salió de la cama con delicadeza para no despertarle, se vistió a tientas y se marchó.

     

    Claire volaba por las calles de París. Quería volver a verle, necesitaba volver a verle, pero también necesitaba unas horas para pensar, para encontrar las palabras, para saber cómo explicarle. Porque mientras Claire corría, en una buhardilla un chico yacía en la cama, dormido profundamente, con unas marcas pequeñas y simétricas en el cuello de las que salía un delgado hilo de sangre, ya seca. En la almohada, una nota: “Antes de subir las persianas, llamez-moi”

     

    12/23/2005

    La playa

    Anoche hablé con un amigo sobre mi blog, y de la conversación nació la idea de escribir este relato. No sé muy bien cómo habrá salido, pero el intento ahí queda ;-)

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    El calor era asfixiante dentro de la tienda a pesar de estar amaneciendo, cuando llega ese momento, casi imperceptible, en el que te recorre un escalofrío justo antes de que salga el sol. Las respiraciones de los demás eran lentas y profundas. Estaban dormidos. Decidió que era una buena idea salir y darse un baño.

     

    Pisar la arena le arrancó una pequeña sonrisa, y se acercó a la orilla hundiendo los tobillos a cada paso, buscando la sensación de frescor. Se quedó allí parada, mirando al horizonte, mientras olas agonizantes se estrellaban contra sus piernas. La brisa jugaba con sus rizos. Lentamente, se fue quitando la ropa. Luego avanzó hasta que el agua llegó al nivel de su cintura y se hundió despacito, quedando sumergida de rodillas. La corriente envolvía su cuerpo y se sintió completamente libre, aguantando hasta que el oxígeno de sus pulmones estaba a punto de agotarse. No había terminado de ponerse de pie cuando notó unas manos en sus caderas y la primera bocanada de aire fue interrumpida por un beso. Abrió los ojos y la sorpresa la paralizó durante unos segundos, mientras las manos que la sujetaban estrechaban el contacto. Nunca habría imaginado que precisamente él fuera capaz de hacer algo así. Pero, extrañamente, no se apartó. Y se descubrió a sí misma devolviendo el beso, apretando el abrazo. Su piel mojada amplificaba por mil cada caricia recibida y sus manos se afanaban por recorrer cada centímetro de la piel de él, que la levantó en volandas sin separarse de ella y la llevó de vuelta a la orilla. Con cada ola que rompía sobre ellos su respiración se hacía más profunda y acelerada. Sus labios se hinchaban por la sal y sus cuerpos comenzaron a moverse acompasadamente...

     

    Se despertó sobresaltada y bañaba en sudor. El calor era asfixiante dentro de la tienda a pesar de estar a punto de amanecer, cuando llega ese momento, casi imperceptible, en el que te recorre un escalofrío justo antes de que salga el sol. Las respiraciones de los demás eran lentas y profundas. Estaban dormidos. Decidió que era una buena idea salir y darse un baño...
     
    12/15/2005

    Brillos

     

    Ella le había dado su corazón. Entero, sin condiciones ni contratos. Él, en una tarde de aburrimiento, se dedicó a picarlo en trozos pequeñitos, casi invisibles. Luego, los tiró por la ventana. Millones de partículas de color rojo brillante volaron hacia la calle. Ella pasaba justo por debajo, y al principio pensó que era una lluvia de purpurina, o quizá polvo de hadas. Cuando descubrió la verdad, pensó:

     

    - Al menos al final has hecho algo bonito.

    11/8/2005

    Jardinera, carpintera...

     

    A ella no le dio tiempo ni a plantearse el sudoku. El huracán mandó su corazoncito directo a una alcantarilla. Canasta de tres. Diligentemente, cogió una maceta del balcón, la llenó de buena tierra y plantó uno nuevo. Mientras esperaba a que floreciera y pudiera replantarlo en el agujerito que había quedado en su pecho, fabricó unos buenos anclajes para el día del transplante.

     

    Ya no se le iba a escapar más.

    11/1/2005

    1, 5, 2, 3, 7, 8, 4, 9, 6

     
     Una ráfaga de viento inoportuna lanzó su corazón contra el suelo, haciéndolo añicos. Mientras recogía los trozos y acariciaba sus aristas no tenía muy claro si recomponerlo como un puzzle , otra vez, o tirarlo directamente a la papelera y ahorrarse el pasatiempo.

     

    Mientras se lo pensaba, hizo un sudoku.

     

    10/3/2005

    Entre el Sol y la Luna

     
     
    "...Cuenta una leyenda china la historia de dos amantes que jamás lograron reunirse. Se llaman noche y dia. En las horas mágicas del atardecer y el amanecer los amantes se rozan y están a punto de encontrarse, pero ninca sucede. Dicen que si prestas atención puedes escuchar sus lamentos y ver el cielo teñirse de rojo de su rabia. La leyenda afirma que los dioses tuvieron a bien concederles algún instante de felicidad y por eso crearon los eclipses, durante los cuales los amantes logran reunirse y hacer el amor..."
     
                                       "Cuatro Amigos"  -David Trueba-
     
     
    Por que todos encontremos nuestro eclipse...
     

    Dedicado a A.(con su permiso), que tiene una memoria tremenda y manda e-mails perfectos... ;)
     
     
    7/27/2005

    Correspondencia de cajón

    A lo largo del tiempo, le había escrito mil cartas. Bueno, quizá mil no, pero sí unas cuantas. Y la última, como todas las demás, se quedaría en una servilleta, en un cuaderno, en una hoja suelta... pero nunca la llegaría a mandar. Se sentía absurda por escribir algo que él no iba a leer. Por desnudar su alma por un espejismo. Por derramar lágrimas de tinta sobre el inerte papel. Por saber, desde antes de empezar, que nada de eso tenía sentido.

     

    Querría poder ser valiente y confesar al fin todo lo que siente. Cara a cara, sin papel o pantalla de por medio. Sabiendo que podría soportar su respuesta, cualquiera que fuese. Pero sabe que no lo es. Que es cobarde. El miedo la atenaza, la vergüenza la congela, la incertidumbre la abrasa. Ha pensado muchas veces en hacérselas llegar, de un modo anónimo por supuesto, y esperar su reacción, pero hay demasiado de ella en todos esos trozos de papel como para dejarlos vagar a la deriva de la incertidumbre. De este modo, a través de su correspondencia de cajón, le ha dicho las verdades más dolorosas, ha mantenido las mentiras más insostenibles, ha cantado las más dulces canciones, ha susurrado las más tiernas caricias. Está plasmada en ellas toda la audacia de la que puede disponer. Gusta de releerlas, recordando qué motivó cada palabra, cada espacio, cada confesión. Reviviendo un olor, un roce, una mirada. Y es entonces, en una de esas lecturas, cuando se da cuenta de que, para según qué batallas, sus únicas armas son un boli y un papel.

    6/25/2005

    Cuento de verano (II)

    Fue el olor del café y las tostadas lo que me despejó.

     

    Desde el sofá te ví en la cocina preparando un copioso desayuno, aunque ya estaba cerca el mediodía. Te acercaste a mí con una bandeja enorme y una sonrisa más grande aún, que se convirtió en carcajada cuando me viste engulléndolo todo. Estaba claro que la tensión y la aventura habían azuzado mi apetito. Resultaba curioso que no me sintiera tensa ni incómoda, y que a ti te pasara lo mismo. Como si fuera lo más normal. No sé muy bien cómo lo hiciste, pero me convenciste sin darme cuenta de que debía volver a casa; es más, conseguiste que pensara que era la mejor opción. Me pediste un taxi, me acompañaste a la calle y permaneciste en la acera, diciéndome adiós con la mano, hasta que te perdí de vista.

     

    Cuando llegué al portal, posé el dedo en el timbre pero no lo apreté. Tardé un rato en hacer acopio del valor suficiente, del valor que nunca había tenido, para hacerlo sonar. Antes casi de que se hubiera extinguido el sonido, mi madre abrió la puerta y me estrechó entre sus brazos mientras reía y lloraba, y me besaba la cara, y me pedía perdón. Y yo reía, y lloraba y pedía perdón y prometía no volver a hacerlo nunca. Cuando conseguimos calmarnos y entrar en casa, me contó que después de irme, la discusión siguió y siguió hasta que vió la verdad del hombre con el que compartía su vida y tomó la decisión más dura: decirle adiós. Antes de que yo pudiera decir nada, porque me conoce como nadie, me aseguró que era lo mejor que había hecho en su vida, y que sentía muchísimo no haberse dado cuenta antes y haberse puesto de mi lado.  Hicimos firme propósito de arreglarlo todo entre nosotras, porque éramos lo único que teníamos.

     

    Así empezó una temporada nueva y maravillosa en la que comenzamos a construir nuestra relación madre-hija desde cero. Los días pasaban, y con ellos volvía la estabilidad a mi vida. Hasta que un atardecer, más o menos un par de meses más tarde, sentada en la ventana de mi cuarto y observando el atardecer, te recordé. Habían pasado tantas cosas que no había vuelto a pensar en esa noche desde que regresé a casa. Asomó a mi cara una media sonrisa, recordé tu olor y el color de tus ojos, y sentí ganas de verte. Entonces, como un jarro de agua fría, la realidad cayó sobre mí: ¡no sabía cómo te llamabas!. Y por más que me devané los sesos, no era capaz de recordar tu dirección, pues vivías en una zona de la ciudad que yo no conocía. ¡Cómo pude ser tan idiota! La sonrisa se fue tan rápido como había venido, y se convirtió en una mueca de decepción, mientras luchaba con mis ganas internas de tirar un muro a cabezazos. Durante días intenté recordar un detalle, una señal que me diera una pista para poder localizarte, pero fue en vano. Mi humor se ensombrecía por momentos y no había nada que se pudiera hacer para cambiarlo. Me quedaba como ida en cualquier parte, soñando con tu sofá y tu aliento en mi cuello.

     

    Una noche, a finales de Agosto, salí a dar una vuelta con unas amigas pero cuando decidieron retirarse yo me quedé dando una vuelta. El viento y los nubarrones presagiaban tormenta, y a mi siempre me han gustado. Minutos después llovía sin tregua, como si las compuertas del cielo se hubieran abierto para no cerrarse nunca más. Caminé sin rumbo, y sin proponérmelo llegué al semáforo donde nos vimos por primera vez. Estaba en rojo y me paré a esperar. El agua chorreaba por mi pelo y tenía la ropa empapada. Entonces, alguien tocó mi hombro. Me asusté. Y cuando iba a girarme escuché junto a mi oído una voz familiar y esperada que decía: "¿No irás a cruzar sin mirar otra vez?", y mientras me abrazaba por la espalda sentí que todo era como debía ser.

    6/24/2005

    Intermedio

    Pipas, caaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaramelos, reeeeeeeeeeeeeeeeegalices, caaaaaaaaaaaaaaaaaaaaacahuetes, chuuuuuupachuses, ciiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiigarrillos, chocolatinas, paaaaaaaaaaaalomitas...

     

    (el final del cuento, mañana XD)

    6/23/2005

    Cuento de verano

    Cuando desperté no sabía dónde estaba. Me sentía bastante confusa y no reconocía la habitación. Al borde del colapso, reparé en que dormías junto a mí, y recordé. Volví a tumbarme sin hacer ruido y me hice un ovillo entre tus brazos. Nunca he sentido nada como la sensación de seguridad que eso me produjo. Con más calma, repasé lo ocurrido la noche anterior.

     

    La pelea con mamá fue de las que hacen época. Creo que incluso temblaban las paredes. El motivo: los infructuosos esfuerzos de su nuevo novio para arruinar mi vida privada. Ella le pone ante todo y a veces se olvida de que su hija soy yo. Salí de casa dando un portazo, prometiéndome no volver y albergando la esperanza de que saldría a buscarme, pero no lo hizo. Herido mi orgullo, decidí que me daba igual, aunque no era del todo cierto, y me encaminé hacia el centro. El calor era agobiante, pesado; costaba respirar. Encontré a un grupo de amigos en un bar, y, a base de copas, pude medio olvidar lo ocurrido. Pero cuando se fueron, el alma se me cayó a los pies. No tenía donde ir. Era tarde, y había estallado la tormenta. Vagué sin rumbo por las calles de la ciudad, perdida en mis propios pensamientos.

     

    Un claxon me devolvió a la tierra: me había parado en medio de un paso de cebra, y el disco acababa de cambiar. Quedé paralizada. De pronto, alguien me cogió de la mano y tiró de mi hacia la acera. Simplemente me dejé llevar. Lo siguiente que recuerdo es que me estabas abroncando por ir por ahí sin mirar. Sólo te veía gesticular, no te oía. Entonces reaccioné, y quise soltar de golpe todas las lágrimas que me había tragado esa noche. Tú paraste en seco de hablar y me miraste como si estuviera loca. Yo no podía contenerme. En ese momento me abrazaste y el tiempo se detuvo. Llovía cada vez más fuerte, pero me sentía reconfortada, como si te conociera de toda la vida, aunque no te había visto nunca. No sé cuánto duró aquello, ni cómo llegamos a tu casa. Me dejaste ropa seca, hiciste una jarra de chocolate caliente (mis nervios no estaban para café, dijiste) y te sentaste dispuesto a escucharme, sin preguntas ni reproches. Hablamos y hablamos hasta poco después del amanecer, y me quedé dormida en tu regazo, completamente exhausta. ¡Menuda aventura!  Jamás había hecho nada igual. Allí, echada en una casa extraña, abrazada a alguien a quien conocí pocas horas antes y notando su aliento en mi cuello, por primera vez en mucho tiempo, me sentía realmente bien. Tan bien, que volví a caer en los brazos de Morfeo.

     

    Fue el olor del café y las tostadas lo que me despejó. 

     

    (Continuará...)